El ángel que cuidó a Héctor Lavoe

En sus últimos meses de vida, el Cantante de los Cantantes no lo tuvo todo perdido. Mejoró su salud y volvió a sonreír gracias a un joven que lo ayudó de manera altruista. La historia es contada en el libro “Cada cabeza es un mundo” de Jaime Torres Torres.

Héctor Lavoe habría contraído el virus del Sida en 1980. (Foto: Internet)

“En tus manos yo pongo mi dilema,

de ti depende sin me salvo o si me pierdo…

De ti depende Dios, de ti depende…”

‘De ti depende’ – Héctor Lavoe



Jorge Pérez y Héctor Juan Pérez llevaban el mismo apellido pero no la misma sangre. Y aunque tampoco se conocían, la música se encargaría de unirlos.

Ese encuentro se dio una tarde, cuando Jorge lavando el carro de un vecino encontró una cinta de la producción ‘De ti depende’. La voz y el sentimiento que desfogaban por los parlantes impactaron al niño de ocho años.



Antes de anochecer, el vecino le obsequió la cinta que desde entonces se convertiría en el soundtrack de su corta vida.

‘Periódico de ayer’, ‘Vamos a reír un poco” y ‘Hacha y machete’ sonaban sin cesar en el apartamento del condominio Gladiola 1 en Hato Rey, en Puerto Rico, donde vivía el niño.



Una mañana la cinta salió volando por la ventana del decimoquinto piso. Había sido la tía de Jorge, cansada de oír al “Señor de la sortija”, como aparece Héctor en esa producción y como el pequeño lo llamaba.

Jorge, desesperado, bajó las escaleras para recuperar la grabación. El cartucho de plástico yacía en el pavimento, se había partido con la cinta enredada tras golpear el suelo varias veces. Lo recogió y lo guardó como un recuerdo.



La producción ‘De ti depende’ fue lanzada al mercado en 1976. (Imagen: Internet)

Pasaron los años. Una noche, ya adolescente Jorge soñó con Ismael Rivera. En él, el Sonero Mayor le decía que busque a Héctor Lavoe, que se encontraba muy delicado de salud.



Doña Elva Albino, su madre, interpretó el sueño como una locura. “Muchacho tú estás enfermo. Olvídate de Héctor porque tiene familia, le dijo.

La situación, efectivamente, no era la mejor. A Jorge le habían detectado un tumor cerebral tiempo atrás. Pese a su situación, el muchacho no desistiría de ayudar a su héroe musical.



En busca del Cantante de los Cantantes

En setiembre de 1991, un reportaje del Nuevo Día de Puerto Rico reveló las deplorables condiciones en las que vivía Héctor Lavoe. Jorge tomó la información como una señal del cielo. Insistió en que debía buscar a su ídolo para trasladarlo a un lugar seguro. Conmovida, su madre aceptó.



Buscaron información y obtuvieron el contacto de Norma Pérez, hermana de Héctor.

El 15 de julio de 1992, Jorge, de 22 años, arribó a Nueva York. La buscó y juntos se dirigieron a Queens Boulevard.



Ingresaron al apartamento. Un disco de oro por la producción Comedia y fotos de un pasado exitoso contrastaban con la miseria que se exhibía en el piso: excremento y colillas de cigarro.

De pronto apareció Héctor. No era ni la sombra del “Señor de la sortija”. Tenía el pelo a la altura de la espalda y las uñas largas y sucias. Pero Jorge solo tenía amor para su ídolo. Lo bañó y le cambió de ropa. Ordenó el apartamento.



No había tiempo para perder. Dos días más tarde, el 17 de julio, con el dinero del seguro social para su tratamiento de cáncer, el muchacho y Héctor viajaron a Orlando, Florida.



Un nuevo comenzar

“Héctor llegó a nuestra casa renegando, maldiciendo y hablando malo. Pero le exigimos respeto. Le dijimos que ya no era Héctor Lavoe para rendirle tributo y pleitesías, sino un ser humano enfermo que necesitaba ayuda”, narraron Jorge y su madre al periodista Jaime Torres Torres para su libro “Cada cabeza es un mundo”.



La reprenda sirvió. Héctor cambió su actitud. Fue recluido en el Florida Hospital en Rollins Street pero por falta de un buen plan médico, lo expulsaron. Fue aceptado en un centro cristiano pero al notar que no tenía dinero lo lanzaron a la calle a la semana.

Para madre e hijo era muy importante que el jibarito encontrara a Dios para su recuperación, sin embargo la búsqueda de un espacio para Héctor parecía interminable.



Finalmente pudieron internarlo en el sanatorio para enfermos mentales Lake Sumter Mental Health Center, en Leesburg, Florida a donde el cantante fue sometido a una serie de pruebas. Con resultados en la mano, Jorge y su madre recién se enteraron de que Lavoe padecía de Sida. Los médicos le estimaron un año más de vida.

Lo visitaron frecuentemente y estrecharon un lazo familiar. Era un hijo más para doña Elva, a quien Héctor llamó “mamá”.



Héctor mejoró. Subió de peso, le creció el bigote y su estado de ánimo cambió para bien.

“Comenzó a hacer chistes y a bromear. Se sentía contento. A veces se nos quedaba mirando, como si se preguntara por qué nosotros, que éramos unos desconocidos, lo tratábamos con tanto cariño”, contó la madre de Jorge al periodista.



(Izquierda) Héctor Lavoe junto a David Lugo. (Derecha) David Lugo tocando la percusión. (Fotos: Facebook)

Un viaje sin retorno

Pero como dice la canción, “todo tiene su final, nada dura para siempre”, una mañana de octubre de 1992 llamó a la casa de Jorge. Era David Lugo, músico que en los últimos años fungió como tutor de Lavoe.



Lugo, director musical y último representante artístico del jibarito, aseguraba, además, tener en su poder un documento en el que éste le cedía los derechos de su obra intelectual.

A través del hilo telefónico, el músico insistía en que Héctor debía regresar a Nueva York. Elva le reiteró que, por su bien, debía permanecer en Orlando. Pero el destino olía a muerte.



Días después, Lugo arribó a Orlando. Buscó a Jorge y Elva, abordaron un taxi y luego el tren que los llevaría al hospital. Aquellos habrían sido los últimos minutos de tranquilidad y esperanza en la vida del Cantante de los Cantantes.

“Cuando Héctor supo que David Lugo pretendía regresar con él a Nueva York, estalló en un ataque de histeria”, cuenta Jaime Torres Torres en su libro “Cada cabeza es un mundo”.



“¡Yo no me quiero ir! Yo me quedo con Jorge y con mamá (Elva). ¡Yo no me quiero ir!”, empezó a gritar como un niño.

Finalmente, Héctor volvió a La Gran Manzana. Ocho meses después, el lugar que fue su trampolín hacia la fama se convertiría, en junio de 1993, en su tumba.



Jorge Pérez superó el tumor cerebral, tal como se le aprecia en esta imagen actual junto a su madre Elva Albino (izquierda) y una amistad. (Foto: Facebook/Elva Albino)

Artículo escrito con información del libro “Cada cabeza es un mundo” de Jaime Torres Torres.



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