Guajira para Carlos Loza: A un año de su partida

Era la primavera del 2011 y como cada tarde de sábado don Carlos Loza Arellano está en ‘El Jibarito’ animando la velada salsera. En las mesas, el público se divide en dos: quienes lo escuchan con respetuosa atención y quienes  ahogan su ignorancia en el brindis bullicioso.

Por: Martín Gómez

Es que Carlitos, cuando le toca intervenir, va narrando algún episodio salsero. Ese era su estilo. A veces incluía anécdotas propias, vividas en Nueva York o Puerto Rico. En ocasiones hablaba del bar ‘El Sabroso’ y de su amistad con Lucho Rospigliosi. O del diario Extra y la famosa columna ‘Caribe Soy’.

Así era Loza, aquel de los trofeos Caribe, donde distinguía a las orquestas salseras que habían destacado durante el año, y también aquel amante del fútbol, su otra pasión que se vestía de rosado en cada jornada dominguera apoyando a su querido Sport Boys.

Desde mi mesa, lo observo. Y en esta ocasión, don Carlos me pedirá que me acerque al micrófono, pues tiene un encargo especial para mí. Toma un folder que contiene decenas de hojas manuscritas con sus vivencias en el mundo de la salsa y me pide que lo guarde. “Estoy delicado de salud, hay una diabetes que me está jodiendo”, añade. El público deja de brindar y, conmovido, mira la escena. Su sueño era publicar el libro de salsa que iba a titular ‘El Mono y yo’. Pero no le alcanzó el tiempo.

Un año después vendría su increíble viaje a Cuba, un regalo inolvidable de parte de sus hijos. Fue feliz. Se hospedó en El Vedado y la ventana del apartamento miraba a un cementerio donde yacían los restos de su admirado Ibrahim Ferrer. Solo quien ama la música le puede encontrar un significado a esta casualidad. Loza regresó a Lima con la alegría bailando un guaguancó en sus ojos.

El 2013, sin embargo, fue distinto. El mal avanzaba y Carlitos sentía la necesidad de despedirse en grande. A inicios de febrero de ese año me llamó para invitarme a lo que él llamó la última edición de sus Trofeos Caribe. “Hijo, ya no tengo ganas de nada. Los jóvenes deben tomar la posta. Así que con esta me despido…”. Le creí a medias. En ese momento era imposible imaginarse al Callao sin Carlos Loza.

Llegó el día esperado y la Isla del Paraíso, sede de la premiación, fue una fiesta. Desfilaron orquestas locales e incluso una buena agrupación llegada desde Huacho, Son de la Calle, con el joven cantante César Vega. Loza le tuvo mucha fe a esta nueva agrupación. Recalcaba “son de Huacho y tienen un sabor del carajo”. Esa tarde, Carlos bailó. También agitó las maracas y se confundió con los jóvenes. No había puente generacional para él. Todos éramos salseros. Y goza la vida como hago yo, parecía decirnos desde el umbral de sus meses finales.

Para el 2014, Carlos ya estaba alejado de todo. En su casa recibía la visita de sus amigos de siempre. Varios le fallaron. Pero él estuvo ahí, siempre a la expectativa de que alguien llegara.
“Qué te importa / que te ame / si tú no me quieres ya”, suena en su radio en la voz de Omara Portuondo. Y él, leyendo un libro que le acaban de enviar de Puerto Rico. Así lo encuentro, en su mundo hasta el final: música y libros… y tirado en una injusta cama. Su enfermedad se agravó a fines de febrero y un 23 de marzo su corazón se detuvo para siempre en el Hospital Daniel Alcides Carrión del Callao.

El velorio fue multitudinario. Se cerraron dos carriles de la avenida Buenos Aires. Su gente, por fin, estuvo de vuelta y esa noche, mientras la orquesta lo despedía, abundaron las anécdotas. “Que Carlitos esto y que Carlitos lo otro”. Lo cierto es que se había ido el cronista salsero del Callao. Banderas rosadas a media asta y un crespón negro en quienes sabían con exactitud lo que representaba Carlitos Loza para el primer puerto.

A esa hora, las distinciones póstumas ya no significaban nada. El abrazo que no se le dio en vida, quedó como deuda para siempre. En casa aún conservo las hojas que me entregó en la tarde del 2011 en el El Jibarito. Están en un lugar especial, como el cariño y el respeto que le guarda su gente del Callao. Él, como la canción, ha pedido que “no lo lloren más”. Así que es obligación recordarlo con alegría de salsero. Una guajira y un son montuno ayudan mucho. Y él será feliz. Estoy absolutamente seguro.

Foto: Cortesía El Comercio


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