“El cantante ya no canta, que cante su gente”, por Umberto Valverde

De entrada quiero decir, que su voz y su entonación son irrepetibles, porque detrás de su interpretación convivía con la muerte, el instrumento de llegar a ella fue la droga, pero la muerte estaba desde niño.

(Foto: Internet)

Por: Umberto Valverde

La última vez que lo vi, en 1989, en la ciudad de Nueva York, fue el día de la fiesta de los puertorriqueños, en la 116. Íbamos caminando con Humberto Corredor, cuando alguien le gritó a Humberto que Héctor Lavoe lo quería saludar. Ahí estaba, Héctor en muletas, en una oficina oscuro, rodeado por tres personas, con el rostro desfigurado por un lado, con manchas en la piel. El rumor era que tenía sida, no por homosexual, sino por chutero. Aunque me extendió la suya, no le di la mano, porque desde la mano hasta el cuello se ponían en evidencia los rastros de los cientos de jeringas que había usado en su cuerpo. Eso me produjo asco o miedo y preferí tocarle el hombro. Más tarde se animó a subir a una tarima y solo cantó un tema, los coristas lo cubrieron en la mitad del mismo. Era dramático.



La primera vez que vino a Cali, en 1977, a sus 31 años, se presentó en el Evangelista Mora. Yo vivía en Bogotá y Henry Holguín, director de la Revista Antena, me envió a cubrir la presentación. Vamos a gozar un poco. Fue un sábado. No quiso cantar ‘Ausencia’.

La segunda o tercera vez que se presentó en Las Vallas cantó un tema y dijo que se iba. El público se enfureció, Yusti y yo lo arrinconamos y entonces Larry Landa nos separó y nos prometió que cantaría cuatro temas más. La interrupción duro más de media hora.



Cuando vino con la Fania en 1980, Larry Landa me invitó a Barranquilla para estar en ese primer concierto. Después, en el hotel Golf, en el amanecer del día siguiente, Héctor entró a la suite de Johnny Pacheco, donde nos encontrábamos la mayor parte de los músicos y amigos, y dijo su célebre frase que recogí en mi libro Celia Cruz: Reina rumba: Hay mucha estrella y poco cielo.

La presentación de Fania en Cali fue histórica. De todas maneras, cuentan que a Lavoe lo tuvieron que meter con la cabeza hacia abajo en una heladera para que pudiera cantar. El remate se llevó a cabo en el hotel Petecuy, donde se unieron el Conjunto Clásico y se armó una descarga con los músicos de la Fania.



Alfredo de la Fe, a quien había conocido en Nueva York, en el verano de 1981, vino a vivir para fundar y dirigir la Charanga de Juan Pachanga, la discoteca en Juanchito de Larry Landa. Alfredo emigró temiendo una acusación por droga y él se encontraba en la plenitud de su arte y de su vida. Se instaló en Cali y vivió un romance con Doris Salamanca, una caleña con quien tuvo su hija Valentina. Héctor Lavoe vino a vivir en el apartamento de Alfredo para pasar una temporada en Cali, en 1983, que duró tres meses o cuatro meses. Vivía más de noche que de día, iba a cantar a Juan Pachanga cuando quería. A veces se quedaba en casa de Larry Landa o en casa de El Pana, un panamenó que tenía hija muy seductora y perseguía a Héctor.



Una noche, Alfredo me invitó a comer a su apartamento para celebrar que Héctor se encontraba en Cali. Por coincidencia, María Elvira Bonilla me quiso acompañar. Héctor no quiso comer y después, frente a nuestros ojos, tomó un gramo de perica, lo puso en una cuchara y con el fuego de un encendedor lo convirtió en líquido y se lo metió con una jeringa. María Elvira se asustó y me pidió que nos fueramos. Le dije que no.

El otro encuentro especial fue en la discoteca Juan Pachanga, rumbeando por tres días seguidos con Larry y Miguel Yusti. Al salir, el sol nos azotaba, nos despedimos y fui a subirme a la camioneta de Miguel, cuando Héctor le preguntó a Larry:

-Dónde me voy?

-Acá, le respondió.



Larry sacó del parqueadero un carro deportivo que tenía solo dos puestos, él andaba con su mujer, a quien se le conocía como La Flaca, atrás había un asientito de reserva, pero como para llevar a un perro, y Larry le repitió:

-Súbete ahí.

Héctor no tuvo otra alternativa. Fue una de las tantas escenas de amor y odio que protagonizaron el cantante y el empresario que finalmente trajo a Cali, por más de una década, las mejores orquestas de la salsa. Una vez, Héctor quiso meterle candela a un carro de Larry Landa. El único evento que participó públicamente fue un concierto con Ismael Rivera y Piper Pimienta. Apenas asistieron como mil personas. Quizás fue Piper, quien propuso cantarle a las Tres Cruces, pero lo hicieron en grupo.



Héctor vino a Cali porque Larry Landa quería que se rehabilitara, no parece que lo hubiera logrado. Todos coinciden que su permanencia fue de tres meses. Alfredo de la Fe cuenta que él lo convenció para que comprara un tiquete para regresar a Nueva York, aunque Héctor lo que deseaba era matar a Larry Landa.

El martes 29 de junio de 1993, se dio la noticia de la muerte de Héctor Juan Pérez, a quien se le llamó La Voz, el rey de la puntualidad. Ismael Miranda me contó hace poco que él le presentó a Héctor a Puchi, la que fue su esposa, porque era su novia de escuela y era muy celosa. Me recordó que el día del entierro de Héctor pagó una limusina carísima por varias horas para que Puchi lo llevara a todos los sitios donde metía droga. El cantante ya no canta. Que cante su gente.



Sumilla

Celia Cruz, una vez, hablando sobre Héctor Lavoe me dijo: “Él no sabe quién es él”, es la mejor definición sobre el cantante jíbaro.



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