[VIDEO] El histórico encuentro de las hermanas de Lavoe y Maelo

Reunir a Priscila Vega e Ivelisse Rivera fue uno de los momentos más bellos que nos tocó vivir. Salserísimo Perú lo logró y registró cada uno de los detalles de la ruta desde San Juan hasta Ponce.

Texto: Martín Gomez V. /Fotos: Antonio Alvarez F.


Ivelisse Rivera nos propuso almorzar en su casa antes que nos regresemos a Perú. Un arroz con gandules sugirió. Aceptamos. Era una bonita manera de despedirse de Puerto Rico. Sin embargo, pasaron los días y le dimos vuelta a su propuesta. ¿Por qué no aprovechar ese lunes y almorzar con ella pero también con Priscila, la hermana de Héctor Lavoe? Es decir, juntarlas.

Claro, había que consultar las agendas de ambas. También revisar la logística del viaje. Quien ha pisado Puerto Rico sabe que no existe una empresa de transportes que te traslade de San Juan a Ponce a cualquier hora del día. Así que primero consultamos con Priscila. ¿Nos podría recibir nuevamente? Ella, al enterarse que iríamos con Ivelisse, no lo dudó y aceptó. Pero, por favor, “luego del mediodía…”.

Ivelisse, por su lado, nos dijo que el domingo -19 de marzo, Día Nacional de la Salsa-, nos respondería. Antes debía organizar varias cosas con su familia y justo una de sus hijas había sufrido un accidente casero.

El domingo aquel fue para nosotros de infarto. Toda la jornada cubriendo para Salserísimo Perú las incidencias del Día Nacional de la Salsa, pero siempre pensando que, un día después, podríamos acariciar la gloria: juntar después de 25 años a las hermanas de los más grandes, a la hermana de Héctor Lavoe y a la hermana de Ismael Rivera.

II

El domingo por la noche, luego del Día Nacional de la Salsa, recibimos la llamada que esperábamos. Era Ivelisse al teléfono. “Chicos, mañana lunes sí podremos ir a Ponce. ¿Les parece si nos vemos en la Fundación Ismael Rivera, en la calle Calma?…”. Por supuesto, no cabíamos de la emoción. Daniel pidió una cerveza Medalla bien fría, Antonio abrazó a Michelle Andú, nuestra anfitriona en San Juan, y este cronista pasó una saliva gruesa, no sé si de angustia o de felicidad. La angustia era comprensible. Ahora necesitábamos un vehículo para viajar a Ponce. ¿Alquilamos uno? Eran más de las 10 de la noche. Así que no hubo más remedio que escribirle a la misma Ivelisse por whatsapp y contarle que teníamos toda la intención de llevarla a Ponce, pero que no teníamos un medio de transporte. Ivelisse ofreció su camioneta anticipando que no tenía la seguridad de que lleguemos. “Hace varios meses que no le hago mantenimiento a la máquina esa…”.

III

El lunes 20 de marzo podría ser, fácilmente, uno de los días más estelares de nuestras vidas. Las cosas se habían dado de manera muy natural. Y la logística había funcionado con el corazón, con ese empuje emocional que aún mueve a los románticos. A eso de las 11.00 a.m. empezaron los mensajes por whatsapp. Ivelisse preguntando si estábamos en camino a la Fundación. Y Antonio y Daniel elevando la tensión, pues andaban en una entrevista exclusiva con Gilberto Santa Rosa que tenía como escenario la casa museo de Tito Rodríguez. Nada menos.

En el apartamento, en solitario, me tomé un café y luego dos. El tercer café fue sin azúcar. Cuando vi que llegaron, me volvió el alma al cuerpo. Pedimos un taxi por aplicativo y volamos a la calle Calma. Ivelisse ya estaba esperándonos, felizmente entretenida con unos visitantes de Colombia. Cero tensión. Todo más relajado. La amabilidad y sencillez de Ivelisse conmueve a cualquiera, especialmente si eres fanático de Maelo. Minutos más, minutos menos y cerca del mediodía tomé el volante de su camioneta. Eso jamás me lo imaginé. Ni en sueños me vi trasladando a la hermana de Ismael Rivera hasta la casa de la hermana de Héctor Lavoe. Obsequios bonitos de la vida, diría la terapeuta emocional colombiana, Adriana González.

Priscila e Ivelisse en la sala de la casa de la hermana del Jibarito, ubicada el barrio Santa Clara, en Ponce. (Foto: Antonio Alvarez F./Salserísimo Perú)

IV

Partimos de San Juan y la ruta a Ponce fue una fiesta. Ni la lluvia boricua que acompañó el viaje opacó nuestras emociones. Ivelisse, por su lado, estaba ansiosa de ver a la hermana de Héctor. “Hace como 25 años nos encontramos en la Plaza de los Salseros. Luego, nunca más”, confesó. Y así, durante el trayecto, nos habló de la estrecha amistad de Héctor y Maelo. “Mamá Margot quería mucho a Héctor. Él llegaba a la casa, compartíamos, comía con nosotros. Ismael y Héctor se querían y se respetaban”. Y qué gratificante es escuchar a Ivelisse. Qué gratificante comprobar que nuestros máximos héroes musicales hayan cultivado más la hermandad que la competencia. Que la envidia, que tanto abunda, no haya pasado por sus mentes cuando estaban en la cima. Aprieto el acelerador y tomo una ruta equivocada. Más allá, un boricua solidario nos dirá que tomemos tal atajo, que Ponce está a la izquierda de un óvalo que ya no recuerdo.

V

El ingreso a Ponce fue pura emoción. Nelson, nuestro anfitrión, nos esperaba listo para conducirnos por segunda vez a casa de Priscila. El cocolo había dejado sus labores por complacer nuestra historia. Y fue digno representante de esa amabilidad ponceña que comprobamos a lo largo de todo nuestro viaje. El momento había llegado. Estacioné el Toyota Rav4 en la puerta de la casa de Priscila y los segundos que siguieron fueron de respetuoso silencio para que ellas se abracen como debían. Ivelisse descendió del vehículo con una amplia sonrisa y acomodándose el short. Nelson, el boricua, a unos metros contempló la escena opinando que este encuentro no se le había ocurrido a nadie en la Isla. Y ambas, ambas se estrecharon en un abrazo que hasta hoy recordamos.

Ivelisse y Priscila recordaron mil travesuras de sus hermanos. (Foto: Antonio Alvarez F./Salserísimo Perú)

VI

El plan era que ellas conversaran de lo que quisieran. Nosotros solo queríamos ser testigos del encuentro. Priscila nos llevó al Barril de la Mulata, un restaurante muy céntrico en Ponce y allí compartimos dos horas deliciosas. Deliciosas por la comida y por la conversa. ¿Qué telenovela estás viendo? ¿Viste que la alargaron y ya salieron otros personajes? Yo ya no me como ese cuento. Lo cotidianeidad ganó la mesa, incluida la preocupación por la salud, la familia, los hijos y los nietos. Priscila e Ivelisse son de carne y hueso, como lo fueron sus hermanos. Algunas personas de otras mesas las reconocen. Otras guardan silencio. Nos tomamos unas fotos y don Franco, esposo de Priscila, también posa para los recuerdos finales.

VII

La despedida será nuevamente en casa de Priscila. Ambas acuerdan verse pronto. Nos agradecen por la travesura de juntarlas. Y nosotros les agradecemos por la oportunidad de una mágica tarde. Ahora, Ivelisse ya sabe que tiene una casa en Ponce. El abrazo del adiós llena el ambiente de una segunda nostalgia. Se desata otra lluvia que nos acompañará hasta San Juan. Serán dos horas en una amplia autopista que une a estas dos ciudades. Le pedimos a Ivelisse que, por favor, nos cante. Y ella empieza con ‘La Soledad’ luego sigue con ‘La gata montesa’, ‘El negro bembón’ y no hay quien la pare. Y se ríe a carcajadas. Y promete visitar el Perú. Ese lunes no hubo arroz con gandules. Pero sí un encuentro que quizás no se repita. Porque el tiempo pasa. Porque oportunidades como esta no se encuentran donde quiera. Porque capaz todo fue una fantasía y estábamos ‘soñando despiertos’. ¿Qué opinan?

Ivelisse y Priscila saben que en Perú las conocen y luego de un fuerte ¡Chim pum, Callao! no descartaron visitarnos pronto. (Foto: Antonio Alvarez F./Salserísimo Perú)

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