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Festival de la Salsa en Cuba: Issac Delgado y Los Van Van por encima del nivel

Del 19 al 23 de febrero, La Habana recibió a bailadores de varias latitudes para celebrar el Festival de la Salsa 2025. Los mayores aplausos, en opinión del cronista de la nota, se los llevaron Issac Delgado y Los Van Van.

Desde el año anterior Ricardo me había pedido que le acompañara al Festival de la Salsa de 2025 los cuatros días que estaría programado para el público. Mi otro yo sacaba a flor de piel todo lo negativo que había transcurrido en mi mundo musical del 2024, más otras cosas obvias de mi país que no es necesario aclarar, y aceptaba a regañadientes la idea. La cosa no estaba para tanta timba y menos en dosis de maratón, porque Ricardo es de Manizales, Colombia, y no se mueve ni con Los Van Van, pero se toma el asunto muy en serio; no aparta la vista del escenario, es de los imperturbables que consume la música cubana en vivo como si fuera una presentación de la Filarmónica de Berlín estando horas de pie; es incapaz de llegar tarde al baile – que no baila nunca – y menos irse antes del final. O sea, se trataba de todo o nada.

Yo nunca había asistido a todas las jornadas de este festival. Me tocó comprar entradas para ambos, y fue así que terminé con una sobredosis sonora, un lumbago y un network sudamericano que no estaba en los planes. Lo de escribir esto llegó después cuando los días se tornaron lentos por lo que demoraría en desaparecer el lumbago, y los recuerdos noventeros empezaron a chocar con los recuerdos de solo unas horas atrás, como sucede con dos personas que hablan de lo mismo y aun así no logran entenderse.

En la primera jornada perdimos al Septeto Santiaguero, y mi culpa ante Ricardo por haber sido el causante de la tardanza se diluyó poco a poco cuando vi que la orquesta de Eduardo Sandoval lo sedujo desde el primer instante, apenas llegar, algo a lo que yo no estaba ajeno, pues he tenido la oportunidad de ver como trabaja este joven músico y hasta ser dirigido por el mismo en algún que otro ensayo, presentación y grabación. Cuando pude desconectarme en los días sucesivos de mi rol de anfitrión, caí en la cuenta de que Sandoval fue uno de los músicos que más brilló en esta edición. Su orquesta sonó muy precisa para la corta vida que aún tiene, el montaje de los temas que hizo para acompañar a Brunella Torpocco, cantante invitada de Perú en la tercera jornada, emuló un sonido salsero bien asentado, en consonancia con el repertorio defendido, algo que no es muy común escuchar en las bandas cubanas de este lado del malecón. Y, por si fuera poco, los solos de trombón que defendió quedaron limpios, fuertes y seguros, además de comparecer en la cuerda de metales de la orquesta de Issac Delgado en el segundo día de festival. En fin, que se lució como un todoterreno.

Entre una banda y otra se trató siempre, como es habitual, de mantener el ánimo del público a través de la animación y la conducción – que en este caso corrió a cargo de Marlon Pijuán – las competencias de baile y la selección que propusieron los Djs invitados de diferentes países. Este era el momento recurrente de estirar las piernas, buscando refresco o cerveza, porque a pesar de tener que tirar algún que otro pasillo inevitable, terminarían siendo unas seis horas promedio de pie durante cuatro jornadas seguidas, algo que sobrellevamos gracias a un acompañante casual que el azar nos puso en el camino.

Manolito Simonet cumplió su cometido como penúltima banda del primer día. Al público le funcionó; y a mí también. Ni más ni menos. Porque, siendo justos, las vicisitudes recientes de esta orquesta darían a cualquier otro director un bajón de nivel en un abrir y cerrar de ojos. Aun así, la banda logró emular su habitual reciedumbre de la percusión y su cadencia estable que le han caracterizado por treinta años. Y además dejó la pista en un buen punto para el cierre de Elito Revé y su Charangón.

A Ricardo se le veía obnubilado con el espectáculo a pesar de ser su segunda visita al festival y su sexta venida a Cuba. Si en algún momento se distraía era por la química que le conectó con Mauricio. El chico nos había interceptado justo antes de entrar el primer día en Línea y 12 cuando reconoció el acento del colombiano y se nos sumó, y a quien terminé cediendo mi entrada a petición de Ricardo para que no le cobraran los 20 dólares en los que estaban tarifando el acceso a los extranjeros. La solidaridad colombo-venezolana se manifestaba aquí a expensas de este cubano atentando contra la “captación de divisas” de su gobierno, porque al comprar nuevamente mi entrada hubo una voz de autoridad en la puerta que batallando contra una sospecha infundada me precisó que debía enseñar mi carnet de identidad en la taquilla; una amenaza banal. El caraqueño quedó agradecido y fue por esto que terminamos compartiendo todos los cuatro días

De Elito Revé no se esperaba menos. Se sabía que en calidad de cerrador cumpliría su cometido. Pero, a pesar de que el público siempre le responde, desde hace algunos años me cuesta conciliar tantos breaks, tanta actitud de drummer sobre lo que no es más que un timbal, con lo que pretende ser una huella de changüí. En mi contra, me diría a mí mismo que es síntoma de envejecimiento apelar a un recuerdo de casi 40 años, cuando el viejo Revé era quizás el que más bajo y balanceado hacía sonar a su orquesta llegando a ser el que más calentó a todo un país a finales de los ochenta. A mi favor me diría que en esencia esta música no ha cambiado desde entonces, y que aun, siendo hoy menos variado el panorama en cuanto a propuestas; la diversidad de sonoridades, arreglos y conexiones intergenéricas parecen jugar el mismo papel a la hora de repartirse el gusto popular. No puedo evitar la percepción de que en esta orquesta hay actualmente una cacofonía entre dos conceptos que no logran fundirse aún. De cualquier manera, cerrador es cerrador, tanto en béisbol como en timba, y a Elito lo que es de Elito. La esencia y la supervivencia está en las composiciones y hasta ahora eso le mantiene en el juego.

La segunda jornada se vio empañada por un inesperado corte de luz en el escenario durante la presentación de la primera orquesta, además de serios problemas de sonido, entre ruidos, instrumentos que inexplicablemente dejaban de escucharse e inestabilidad de las columnas repetidoras que se colocaron en el centro del estadio para extender el sonido hasta el límite de los predios. Debe decirse que estos problemas solo se presentaron durante este segundo día, sin embargo, su persistencia complicó sobremanera la calidad de la presentación.

A Papucho y Manana Club le tocó pagar los platos rotos cuando a poco de comenzar quedó a oscuras y sin sonido en el escenario y no pudo regresar después de más de una hora que tomó la restauración de la electricidad en esa sección. Pedrito Martínez logró completar su tiempo con dificultades muy serias de sonido, pero aun así demostró lo que es hacer más con menos, timba muy brava con solo un quinteto, al aire libre para unos cuantos miles, y en medio de todo su voz, como siempre, de rumbero recio que hace depender todo de ella.

Issac Delgado y su mejunje de salsa con timba lo ubica como uno de los artistas más importantes en la Cuba de hoy. (Foto: Festival de la Salsa en Cuba)

Por fortuna en la segunda mitad desaparecieron las dificultades técnicas. Y fue lo mejor que pudo suceder porque a continuación se presentaba Issac Delgado y su orquesta. Nadie lució mejor en todo el festival. Con un sonido muy pulcro y una banda ajustada hasta el último milímetro, el mejunje de salsa con timba quedó insuperable. Los que han tenido la oportunidad de escuchar orquestas salseras de nivel sabrán advertir las particularidades sonoras de este otro mundo que no es tan diferente, pero sí muy específico. Con Issac se funden como en más nadie esas dos vertientes, una salsa con un afinque cubano y la timba más cruda. Especial atención merece su timbalero, columna vertebral de la orquesta, porque de la capacidad de Issac para manejar al público, su elegancia y su forma artística actual, ya todos conocemos. Issac no para de sorprender a treinta y cinco años de carrera en solitario siempre al más alto nivel.

A dos días del maratón ya empezaban a hacerse familiares algunos rostros del público. Durante todas las jornadas decidimos ubicarnos justo detrás de la valla que delimitaba la última zona VIP y entre las dos columnas repetidoras de la izquierda, al igual que otros que eligieron esa zona. Una pareja de chilenos no paró de ripiarse durante todo el evento. El hasta donde podía, aunque siempre a tiempo; ella como si fuera profesional, con éxtasis de cuerpo y rostro. Dos mulatos caleños de 1.90 mts, inmóviles como Ricardo, solo observaban el escenario. Una familia del barrio Colón que solo fue dos días porque “la cuenta no da para venir las cuatro noches”, en esas dos jornadas se bebieron las cuatro y bailaron como si mañana no fuera a existir el mundo. Había cuatro mujeres de Nuevo Vedado a las que pasaban a saludarles a razón de una persona cada 5 minutos; y dos muchachas jóvenes que solo bailaban con extranjeros, entre ellos Mauricio. Y así, muchos desconocidos terminaron compartiendo tragos, gastos y bailes ante tanto exceso de música, multitud y horas de pie. No faltaron los hombres y mujeres a los que les gusta abordar a extranjeros, – entre Mauricio y Ricardo yo pasaba como tal – y tampoco pude evitar mi papel de mediador desdoblándome sorpresivamente como “el guía” de mis compañeros cuando les hizo falta.

La intensidad y el cansancio de ese segundo día sería inigualable; a la espera de Alexander Abreu y Havana D’ Primera se sumaba el corte inesperado de corriente, la espera correspondiente y un cierre de jornada a las 5:00 am. No obstante, el público aguardó paciente y organizado, con energía desbordante, lo cual podía advertirse por la reacción antes las grabaciones que servían de cortina ante la orquesta del cierre. Resulta llamativo como en ciertos momentos la multitud respondía en masa ante ciertos temas antológicos, coreando, subiendo las manos y moviéndose con más fuerza que ante muchas de las presentaciones en vivo que allí transcurrieron, como sucedería con La Bola de Manolín, El Médico de la Salsa, y como si no fuera La Habana de 2025.

Lo de Alexander Abreu ya es otra cosa. Abreu va cada vez más emulando a Los Van Van, llega a la pista con la mitad del éxito garantizado antes de empezar a tocar. Le preceden sus composiciones, sus coros, sus mensajes, su ancestralidad. Yo preferiría un sonido en vivo más balanceado para Havana D’ Primera, que se ajustara un poco más a las grabaciones y resultara menos saturado. Aun así, con este tándem no hay fallos, y la gente sabe lo que está presenciando, tomándose la función muy en serio, otorgándole al momento cierta carga trascendental. La sincronía de movimientos, cantos, vaivenes de manos, energías, cuando pasan ciertos límites, no se explican solo por el afán o necesidad de divertimento. Abreu ha encontrado la fórmula para la significación trascendente de esta música porque sabe cómo nadie que el mejor momento de la timba ya pasó, y se aferra con éxito a dilatar el aterrizaje.

Cuando parecía que ya todos los recursos de la presentación estaban agotados llegó el viraje perfecto: tú no sabes mi nombre / ya no somos colegas / a la primera pulla que me tires / te mato la jeva, con pasillos reparteros del propio Abreu incluidos. Torso encorvado hacia adelante, mano derecha en semicircunferencia contrapesando el pie derecho extendido hacia afuera en puntillas y moviéndolo a tiempo. El público coreando más alto que nunca y gozando el cruce, borrando los límites que muchos nos empeñamos en trazar fuera de los bailables. Un par de horas antes Issac Delgado ya había coqueteado con el reparto y el reguetón al final de su presentación, con su conocida versión de Soñé, de Gente de Zona, en los que suele terminar con coros de Bajanda.

Pasada la mitad del festival Ricardo no podía disimular el desgaste físico mientras que Mauricio estaba cual niño con juguete nuevo. Residente en Boston desde hace quince años, se tomó el tour del Festival de la Salsa 2025 no solo para ver las orquestas sino para aprender a bailar casino a la cubana y recibir clases de percusión en las mañanas, como muchos de los extranjeros que exprimieron sus jornadas hasta la saciedad. Mientras tanto mi osamenta ya iba dando alguna que otra señal de alarma.

El tercer día abrió con Mónika Mesa y su Maquina Perfecta. Fue una buena apertura. Con un homenaje a Celia Cruz, su buena voz y su determinación para animar al público, logró transitar airosa el tiempo que le asignaron. Mónika es sincera en el escenario. En otro contexto quizás hubiera tenido algún sentido que redondeara su proyección escénica, pero yo la prefiero así, con su espontaneidad y sin las impostaciones de imagen que otras se han descargado sabe quién de qué manual. 

Brunella Torpocco, artista invitada de Perú, fue colocada entonces para marcar la diferencia interpretando temas de lo que se conoce como “salsa romántica”. Eduardo Sandoval fue el artífice de la sonoridad que quedó bien interpretada por la cantante. Lo que seguiría a continuación mantendría el tono de reseña sino fuera por la tragedia que nos dejaría consternados una semana después. Paulo F.G ofrecería su última presentación a pocos metros de donde perdería la vida en trágico accidente automovilístico.

Paulo, con sus altibajos, siempre fue una banda él solo. Albergo muchos recuerdos de cómo era capaz de animar solamente con su presencia, espectáculos enteros donde desfilaban otros cantantes estrellas, cómo era capaz de echarse orquestas arriba más allá de La Elite, porque en realidad la élite siempre fue él. Y como era de esperar, su última aparición pública no sería la excepción. La especulación de La Habana, que nos sonaba a nostalgia noventera con Paulo en vida, ahora si duele hondo. Allí sonó en su voz por última vez y fue esa la que la gente más le coreó. A sus sesenta y dos años seguía siendo el muchacho de barrio intrépido capaz de arrastrar a crédulos e incrédulos, el “bonitillo” perseverante, el que más capacidad de superación mostró entre todos los timberos de su generación, el que mejor convirtió la espontaneidad en oficio y viceversa.

Bailadores de toda nacionalidad llegaron al festival. Los peruanos también dijeron presente. (Foto: Festival de la Salsa en Cuba)

Dos periodistas peruanos me habían solicitado desde el día anterior les concediera unos minutos allí mismo en el Club 500 para un nuevo medio de difusión musical que estaban comenzando, y me acababan de encontrar en este intermedio, de la misma manera que había contactado con Renzo Rey, del canal Camina La Habana, para un intercambio en una de estas tardes, en mi casa. Hay que decir que los guiños y agradecimientos a ese país no pararon de sucederse durante todas las jornadas. “Chimpum Callao”, la frase más socorrida en todo el festival, que no solo pertenece a los chalacos, partida en llamada y respuesta entre los cantantes y el público, es la evidencia de que los peruanos son en la actualidad el público más consumidor de timba. Cuesta imaginarse qué sería de este movimiento musical en estos momentos sin la demanda de ese país.

Y es en este país que el interés de Maykel Blanco y Salsa Mayor ha ido creciendo cada vez más. Por eso desde que arrancó, cerrando el tercer día, el ambiente en la zona VIP próxima al escenario fue uno de los más agitados ya que era donde más concentración de peruanos había en todo el estadio. Maykel y su orquesta corren con el pedigrí de haber arrancado con una sonoridad muy sólida y convincente desde que el joven músico asumiera la dirección plena de la Salsa Mayor. A casi dos décadas no deja de sorprender el ajuste de la banda y la forma en la que ha ido depurando los elementos tímbricos, la estabilidad rítmica y la pegada de los coros. La Salsa Mayor es de las orquestas que llenan todo el espacio sonoro en vivo, sin oquedades. Preocupa que en ocasiones se le destimbra la voz a alguno de sus cantantes estrella, como si sufriera de cierto desgaste; y esto es algo que se echa a ver, toda vez que parece haber un patrón de selección entre los mismos en los que Maykel se ha ido decantando por voces de timbres pesados y oscuros, que en su combinatoria logran coros envolventes en perfecta trama con el timbre general de la orquesta. De cualquier manera, este fue uno de los mejores cierres de todo el festival.

Y con todo el desgaste con el que ya cargábamos Ricardo y yo, nos lanzamos al cuarto y último día sin titubear. No era una opción perderse a Los Van Van. Además, dos compatriotas y amigos suyos recién llegados ese mismo día desde Bogotá –en su primera visita a Cuba -, serían conminados por él mismo a presenciar un bailable masivo cubano y sus peculiaridades, una forma un tanto brusca de entrarle a La Habana por primera vez y en su primer día. Javier e Ivonne lo asumieron hasta donde pudieron para no sentirse superados.

La última jornada se inició por todo lo alto. Manolín, El Médico de la Salsa, enganchó al público desde el inicio hasta el fin de su presentación y nos puso a todos a corear aquellos hits con los que se adueñó del país entre 1994 y 1998, alternándolos inteligentemente con sus nuevos temas. Es muy difícil emular lo que fue aquella super banda de timba-funky que renovó los arreglos bailables en esa década. Aun así, su nueva orquesta convence y le responde en este remake del mismo Manolín en La Habana que muchos esperábamos desde hace tiempo. Me encontré con más de uno en el público que apuntaría que su lugar no debía haber sido el inicio de la jornada sino la antesala de Los Van Van. Sopesando todo lo visto en la jornada, terminé compartiendo el mismo criterio.

Los DJs invitados hicieron un magnífico trabajo durante todo el festival. La selección de los temas colocados entre orquestas, haya sido para las competencias de baile o simplemente como ambientación, estuvo muy bien curada, no solo por el recorrido temporal que cubrieron sino por haber sido lo suficientemente fuertes. La respuesta del público ante los mismos fue la prueba de ello. Algunos funcionaron como si las agrupaciones hubieran estado allí presentes. No fueron pocos los que aprovecharon estos intermedios para bailar casino y desatender el escenario, Mauricio entre ellos, intentando llevar a la práctica lo que durante el día le tocaba aprender en detrimento del sueño. Ricardo estuvo inmutable hasta el final; yo tuve que ceder al baile un par de veces. En cualquier caso, en movimiento uno se cansa menos que estando tanto tiempo de pie.

Haila Mompié corrió con la responsabilidad del intermedio en la última jornada y a su vez la antesala de Los Van Van. Le correspondió, además, a ella y su orquesta, acompañar a Belén Gal y Yan Collazo, cantantes invitados de Argentina y Puerto Rico, respectivamente – este último con una voz bien timbrada y un buen desempeño. Si bien esta presentación se sintió dilatada en varias ocasiones, a pesar de los altibajos, logró atrapar al público, sobre todo, con la conga final, dejando en muy buen punto la escena para el cierre del festival.

Los Van Van mantienen una conexión especial con los bailadores. (Foto: Festival de la Salsa en Cuba)

La expectativa para ver a Los Van Van sigue siendo alta. A veces pienso que a muchos les arrastra el morbo de la duda – a más de diez años sin Juan Formell se suma una larga lista de los históricos integrantes que ya no están. Sin embargo, hay muchos otros elementos que no parecen ser de total dominio público y contrapesan excelentemente las ausencias. Para ser honesto, debo decir que después de todo lo visto en cuatro jornadas no hay nada que haya superado a Los Van Van en el Festival de la Salsa de 2025. De todo lo que presencié fue lo más convincente, el ambiente más cerrado entre orquesta y público, energía total de principio a fin, sin altibajos, todo el tiempo arriba. Y un sonido perfecto, con todos los instrumentos limpios y claros, sin ceder un ápice a la presión intrínseca a esta música, una lección de buen gusto de su sonidista. Lógicamente, más de la mitad del repertorio interpretado apela a los temas clásicos consagrados en la memoria popular, y en eso se está en desventaja en comparación con otras agrupaciones actuales, pero, mientras el bailable masivo, por infrecuente que sea, les responda a este nivel, Los Van Van continúan permaneciendo en el lugar privilegiado que les pertenece por derecho propio.

Cuando a las 3.00 am sonaron los últimos acordes de “El Tren”, muchos quedamos con ganas de un poco más, a pesar del cansancio acumulado. Tendrían que pasar algunos días para yo poder ordenar tantas impresiones, deja vus, alegrías y tristezas. Mi cuerpo se repuso, el de Ricardo tendría que esperar varios días después de llegar a Manizales. En cualquier caso, le agradezco a mi amigo el tour de force que por primera vez y en su novena edición me llevó a todas las jornadas de un festival ya consagrado, que cada vez en condiciones más adversas se consolida como el evento musical más representativo y masivo de la música cubana. Maykel Blanco, su creador y organizador, llevaba tiempo señalando que la masividad no puede estar reñida con el espectáculo, que la música cubana en vivo es más que buen sonido, virtuosismo y plazoleta. En la música, como en la vida misma, a veces solo se trata de dejar a los que saben, hacer bien su trabajo.   

Fotos: FB oficial – Festival de la Salsa en Cuba

  

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