Murió Sammy Marrero, la voz eterna de La Selecta de Puerto Rico

Sammy Marrero, una de las voces más queridas de la salsa puertorriqueña, falleció este domingo 17 de mayo de 2026, a los 84 años de edad.

Su amigo y hermano, Sammy Marrero, interpretó con gran dificultad ‘La cuna blanca’ al despedir a Raphy Leavitt. (Foto: Twitter/vivesanjuan)

Con su partida se apaga una voz que durante décadas estuvo ligada al sonido de La Selecta, la orquesta fundada por Raphy Leavitt. Una voz que hizo suyas canciones como “Payaso”, “El solitario”, “Jíbaro soy”, “La cuna blanca”, “Soldado” y “El buen pastor”.

Pero para entender realmente quién fue Sammy Marrero, hay que volver al inicio. No al éxito. No a los discos de oro. No a los escenarios llenos.

Hay que volver al día en que conoció a Raphy Leavitt.

La historia comienza en Puerto Rico, en 1970.

Por esos años, Raphy Leavitt tenía una idea muy clara: quería formar una orquesta diferente. No una agrupación hecha solo para animar bailes, sino una orquesta con mensaje. Una salsa que hablara del pueblo, de la dignidad, de la calle, de la fe y de las heridas de la vida diaria.

Raphy ya había intentado antes otros proyectos musicales, pero no habían funcionado. Por eso, esta vez fue más cuidadoso. Quería rodearse de músicos comprometidos, disciplinados, con talento y con sensibilidad.

Quería músicos selectos.

De ahí nacería el nombre: La Selecta.

La orquesta empezó a tomar forma. Raphy tenía composiciones, arreglos y una visión musical bastante definida. Pero le faltaba algo esencial: la voz.

Porque una canción puede tener una gran letra y un gran arreglo, pero si la voz no transmite lo que está escrito, el mensaje se queda a mitad de camino.

Fue entonces cuando apareció el nombre de Samuel Marrero González, conocido para siempre como Sammy Marrero.

Sammy venía de una formación distinta. Desde niño había cantado música típica puertorriqueña, coplas, aguinaldos y décimas. Esa raíz campesina marcaría su estilo para siempre. Sammy no cantaba solo con técnica. Cantaba con sentimiento, con calle, con pueblo.

Antes de llegar a La Selecta, había pasado por tríos, conjuntos y orquestas. Incluso había cantado con la orquesta de Osvaldo Valentín, hermano de Bobby Valentín. Allí coincidió con un músico que más tarde sería importante en La Selecta: el trompetista Luisito Maisonet.

Pero Sammy todavía no era una figura famosa. No había alcanzado el reconocimiento que después tendría. Era un cantante con experiencia, sí, pero aún esperaba su gran oportunidad.

Y esa oportunidad llegó de una manera inesperada.

Según la Fundación Nacional para la Cultura Popular, el encuentro ocurrió un jueves de septiembre de 1970. Sammy estaba en su casa de Bayamón, recuperándose de una pulmonía severa. No era el mejor momento para recibir visitas ni para hablar de música.

Pero ese día llegó Raphy Leavitt, presentado por el trombonista Richard López.

La escena parece sencilla, pero con los años se volvió histórica: Raphy llegó buscando una voz para su nueva orquesta, mientras Sammy, todavía enfermo, lo atendió desde su casa.

Raphy ni siquiera lo había escuchado cantar.

No fue un fichaje por fama. No fue la contratación de una estrella. Fue una intuición. Una apuesta musical.

Cuando Sammy se recuperó, Raphy le explicó con más calma el concepto de la orquesta. Le habló de sus canciones, de su deseo de hacer una salsa con contenido, y lo invitó a probar su voz en un ensayo.

La prueba se realizó en la Calle San Juan Bautista, donde La Selecta ensayaba sus primeros temas. En los alrededores se reunían vecinos, familiares y curiosos. Algunos se paraban en la acera. Otros miraban desde las ventanas.

Era una orquesta nueva, un cantante nuevo y un barrio como primer público.

Se cuenta que una de las primeras canciones que Sammy interpretó fue “El solitario”.

Y ahí ocurrió la revelación.

“El solitario” no era una canción fácil. Era una historia de desamor, de abandono, de dolor íntimo. No bastaba con cantarla afinado. Había que decirla como si uno la estuviera viviendo.

Cuando Sammy empezó a cantar, Raphy entendió que había encontrado lo que buscaba.

Esa voz tenía fuerza, pero también tenía herida. Tenía potencia, pero también ternura. Tenía algo difícil de explicar: credibilidad.

Desde ese momento nació una de las fórmulas más importantes de la salsa puertorriqueña: Raphy escribía el mensaje y Sammy lo convertía en emoción.

En 1971 llegó el primer gran éxito: “Payaso”.

La canción se convirtió en un golpe enorme para La Selecta y abrió el camino para una carrera marcada por temas de gran contenido. En una época en que algunos sectores todavía miraban la salsa con prejuicio, Raphy Leavitt quiso demostrar que la música popular también podía tener profundidad.

Y Sammy fue el intérprete perfecto para esa misión.

Luego vendrían canciones como “Mi barrio”, “Amor y paz”, “Soldado”, “El solitario” y muchas otras que confirmaron que La Selecta no era una orquesta más. Era una agrupación con identidad propia.

Pero el destino también pondría a prueba esa historia.

El 28 de octubre de 1972, durante una gira por Estados Unidos, La Selecta sufrió un grave accidente de tránsito cuando se dirigía de Nueva York a Connecticut para una presentación. En el accidente murió el trompetista Luisito Maisonet, compañero cercano de Sammy y pieza importante de la orquesta. Raphy Leavitt quedó gravemente herido.

Sammy ayudó en medio de la emergencia. Aquella tragedia marcó para siempre a La Selecta.

De ese dolor nacería después “La cuna blanca”, una canción que Sammy interpretó con una carga emocional profunda y que con el tiempo se convirtió en un himno de despedida en Puerto Rico y América Latina.

Ahí estaba otra vez la fórmula: Raphy escribía desde la herida; Sammy cantaba como si esa herida también fuera suya.

Durante más de cuatro décadas, Sammy Marrero fue la voz principal de La Selecta. Su interpretación fue tan poderosa que muchas personas llegaron a pensar que algunas letras eran de él. Pero Sammy siempre tuvo claro su papel: respetar el mensaje del compositor y hacerlo llegar al corazón del pueblo.

Sin embargo, después de la muerte de Raphy Leavitt en 2015, la historia tomó un rumbo doloroso.

La familia de Raphy decidió poner fin a La Selecta, como había sido la voluntad del fundador. Sammy continuó su carrera como solista, acompañado por músicos ligados a esa historia. Pero con el tiempo surgió un conflicto legal por los derechos de las canciones compuestas por Raphy.

El pleito terminó con un acuerdo económico y con una restricción dura para Sammy: no podía interpretar en Puerto Rico ni en Estados Unidos varios de los temas de Raphy Leavitt que él mismo había popularizado.

La paradoja fue cruel.

La voz que llevó esas canciones al pueblo terminó impedida de cantarlas en los lugares donde más lo querían.

Aun así, la historia de Sammy Marrero no debe recordarse solo por ese final amargo. Antes del pleito, antes de la prohibición y antes de las heridas, hubo una alianza musical que marcó a la salsa.

Todo empezó en 1970, cuando Raphy Leavitt llegó a una casa de Bayamón buscando una voz.

Y encontró mucho más que un cantante.

Encontró al hombre que le daría alma a sus canciones.

Sammy Marrero no solo interpretó a La Selecta. La hizo sentir. La hizo llorar. La hizo pueblo.

Y por eso, aunque hoy su voz se haya apagado, cada vez que suene “Payaso”, “El solitario” o “La cuna blanca”, volverá a escucharse aquella unión irrepetible:

La pluma de Raphy Leavitt.

Y la voz eterna de Sammy Marrero.

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