¿Es correcto llamar sonero a un cantante de salsa?

El término sonero migró hacia el mundo salsero y dejó de aplicarse a instrumentistas o poetas y pasó a referirse, casi exclusivamente, al cantante capaz de improvisar sobre el montuno.

De tiempo en tiempo existe una fiebre de soneros en la salsa. Llamar sonero a tal o cual cantante implica un mayor status dentro del movimiento salsero mundial. Ismael Rivera es, para la inmensa mayoría del mundo salsero, el sonero mayor. El título se repite en homenajes, documentales, portadas de disco y hasta en su propia lápida en el cementerio de Villa Palmeras. Nadie lo cuestiona. Pero, ¿es correcto llamarlo así?

La pregunta no es un capricho semántico. Si rastreamos el origen del término sonero hasta Cuba —cuna del son, el género que le da nombre— nos encontramos con una palabra que significaba algo bastante diferente de lo que hoy entendemos por ella en el mundo de la salsa. Este artículo defiende una tesis incómoda para buena parte de la cultura salsera. En el sentido más estricto, en la salsa no hay soneros.

Originalmente, ¿qué significaba sonero en Cuba? En su acepción cubana tradicional, sonero es el que hace son y entiéndase ello al son cubano tradicional, aquel venido del oriente cubano y que en occidente obtuvo su fisionomía, tal y como la conocemos actualmente. También debemos aclarar que no se ceñía solamente al cantante. Era, más bien, cualquiera que hiciera son, sin importar su instrumento o rol dentro de la agrupación.

Bajo esa definición amplia, eran soneros tanto cantantes como Miguel Matamoros, Roberto Faz, Miguelito Cuní o Abelardo Barroso, pero también instrumentistas: Ignacio Piñeiro (contrabajista y fundador del Septeto Nacional), Lilí Martínez (pianista), Félix Chappottín (trompetista) o Alfredo Boloña (tresista). Incluso se le atribuyó el título a alguien que no era músico en absoluto: el poeta Nicolás Guillén, considerado sonero mayor desde 1930 por la manera en que su poesía capturaba el espíritu y la cadencia del son.

Lo relevante de esta definición es lo que “no” exige: no exige que el cantante improvise. Ser sonero, en su sentido original, era una cuestión de pertenencia y ejecución de un género, no de una técnica vocal específica. Testimonio de ello son las primeras grabaciones soneras en 1916 (Cuarteto Oriental) y en 1918 (Sexteto Habanero Godínez) donde el canto en el montuno del solista es sinceramente pobre. Con el tiempo, los cantantes soneros iban incorporando a las grabaciones las improvisaciones y ese estilo de montarse en los coros como las grabaciones que hiciera el famoso Yoyo en las grabaciones de su terceto en 1925, Barroso en sus grabaciones de 1926 con el Sexteto Boloña y de ahí, en adelante, los demás cantantes soneros.

A la llegada del son a La Habana, la influencia de la rumba en el canto fue un factor decisivo. Los rumberos pasaron a integrar agrupaciones soneras y de ahí tomó, finalmente, su fisionomía definitiva, Piñeiro mediante. En aquella época se usaba el concepto de guía en el son, que al igual que en la rumba era el que llevaba al coro y le daba la pauta. Ya no era el simple ‘pregunta del cantante y respuesta del coro’, el cantante ponía el coro y estos repetían. La salsa jamás pudo integrar la figura del guía en sus grabaciones. El salsero tiene el coro que le responde, el sonero pone el coro.

La salsa y el cambio semántico

Durante los años sesenta y setenta, en Nueva York, nace la salsa como etiqueta comercial. Y nació bajo una base musical que, en gran medida, era el son montuno reempaquetado: la estructura de coro-solista, la sección de montuno, incluso buena parte del repertorio armónico, venían directamente de la tradición sonera cubana. Lo que cambió fue el nombre del producto, no necesariamente su arquitectura interna.

En ese proceso de resignificación, la palabra sonero migró hacia el mundo salsero y, al hacerlo, se estrechó: dejó de aplicarse a instrumentistas o poetas y pasó a designar casi exclusivamente al cantante, específicamente al cantante capaz de improvisar sobre el montuno.

Ese tipo de inspiración cantada tiene, dentro de la tradición del son, un nombre propio: improvisación. Es el término con el que tradicionalmente se conocían esos comentarios cantados en rima que el solista intercalaba entre las repeticiones del coro. Es decir, el cantante de salsa improvisa, inventa, crea, pero no sonea porque, en estrictamente conceptual, eso no es soneo.

El término soneo, tan extendido hoy entre músicos y aficionados a la salsa, no parece tener el mismo arraigo dentro de la tradición cubana original. Hay indicios, aunque dispersos, de que se trata de una palabra popularizada por la diáspora puertorriqueña y nuyorican, más que un término heredado directamente del son cubano de principios de siglo XX. Esta es diferente.

Un caso curioso ilustra bien esta tensión: en 1971, en su elepé Lo último en la avenida, Ismael Rivera se autoproclama sonero mayor en una improvisación cantada dentro del tema El Cumbanchero. Es decir, en una inspiración, no en lo que hoy llamaríamos, de forma anacrónica, un soneo.

Salsa no es son: el argumento central

Si aceptamos que sonero significa, en su raíz, el que hace son, y aceptamos también que la salsa es —al menos en su etiqueta y comercialización— un género distinto del son cubano, entonces la conclusión lógica es que un cantante de salsa no es, en sentido estricto, un sonero. Se trata entones de un salsero y si para remate improvisa es eso: Improvisador, repentista, decimista, verseador, o lo que quieran decirle, pero no es sonero porque no canta son.

El caso Ismael Rivera

Vale la pena detenerse en el origen real del título sonero mayor aplicado a Ismael Rivera, porque desmonta parte del mito fundacional que sostiene el uso actual del término.

La versión popular sostiene que Benny Moré le puso el apodo a Rivera durante una visita a Puerto Rico en 1956. Sin embargo, una investigación hemerográfica reciente —revisando publicaciones como el Diario La Prensa y la revista Record World a lo largo de los años cincuenta y sesenta— no encuentra ni una sola mención del título aplicado a Rivera en esa época. En esos años se le llamaba, entre otras cosas, La Voz del Guarachero y Plenero o El Brujo de la Melodía de Borinquen.

La primera mención documentada del título aparece recién el 13 de julio de 1974, en una columna de Record World firmada por el periodista Tomás Fundora. A esto se suman los premios Sonero del Año que Rivera obtuvo en esa misma publicación en 1974 y 1975. Todo indica que el título se consolidó por el peso de esos reconocimientos mediáticos de mediados de los setenta, casi veinte años después del supuesto bautizo de Benny Moré.

Este caso funciona como una miniatura de la tesis general del artículo: buena parte del vocabulario tradicional de la salsa es, en realidad, una construcción retroactiva del aparato mediático y comercial de Nueva York, más que una herencia ininterrumpida de la Cuba de los sextetos y septetos.

Hay quienes dicen con la osadía de justificarlo: El sonero en Cuba es diferente al sonero de Puerto Rico. Falso. Jamás se usó la palabra sonero antes en Puerto Rico. Es más, se ha creado una definición de sonero la cual dice casi textualmente: “Sonero es el que improvisa, juega con la clave y se monta en los coros”, lo cual es un error. Como hemos visto, eso ya se hacía desde hace más de 100 años. Definitivamente, la palabrita aquella gustó y se la apropiaron.

Conclusión

En sentido estricto y etimológico, en la salsa no hay soneros: hay salseros. Algunos de ellos, además, dominan la inspiración cantada e improvisada —una técnica que sí desciende directamente del son cubano—, pero esa habilidad no los convierte automáticamente en soneros en el sentido amplio y original que tuvo la palabra en Cuba, donde el título podía recaer lo mismo en un tresista que en un poeta.

Esto no pretende ser una corrección purista dirigida a callar el uso popular del término —la lengua la hace quien la habla, y sonero ya es, para efectos prácticos, parte del vocabulario legítimo de la salsa—. Pero si el objetivo es honrar con precisión a figuras como Ismael Rivera y a la tradición cubana que los antecede, vale la pena recordar de dónde viene realmente la palabra, y cuánto se ha estirado su significado en el camino de La Habana al Bronx.

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